29 jun 2014

La cápsula

Por dentro, por fuera, la hermeticidad de su cierre vincula raptos de consciencias. Hay preámbulos más allá de los cerramientos; y hay vuelos, y hay detonaciones, y hay despiertes.
Dentro de una cápsula hay heroísmos de mancebos solaces. Hay nutrición con velas de mimbre, pero no hay destellos irrazonables para salir de ella. La grieta se cierra, se hunden los gritos y se sofocan las alteraciones de cada quien. Y, hermética, no parten, abruptos, los disentimientos por otra convicción. Se realizan operaciones cuando una cápsula se constriñe. Se ve su puerta, su convexidad, pero no, nunca, la solidez de un estrellamiento por delante.
Fuera de una cápsula hay trepidaciones manipuladas por el resto. Son otros quienes se funden en los aires. Son requerimientos de otras doctrinas, bajo otros certámenes.
Pero por lo bajo, disonante, se atreven a fingir espumas de fuego quienes no ven las partidas.

20 jun 2014

Solitario anfitrión

Querer atisbar a los invitados eternos, convidaría a pétalos de jabón. Tantas plantas y tantas jarras hacían el real consorte convirtiéndolo en piedras de un camino acompañado.
Las náuseas habían acabado, las prestancias por rehacer los convites, también; pero en lo profundo de él, seguía rugiendo una invitación al desierto del entorno. Donde cada vez más lenguas fingía tener, más arrogancias por ser solitario segregaba. Y hasta la última hora repensó excluir a sus animales de la penaria y ruda admisión. Su cabaña invitaba amigos, los hacía y deshacía para quererlos amedrentar como hojas sueltas durante tiempos del verdugo atronador. Sería capaz de replantar las plantas, y de enumerar cada elemento de la cocina mediante sus delgados dedos hasta aproximarlo en sillas de una voraz cena. Y lo hizo, y uno por uno se fueron agrupando hasta dejarlo en la cabecera de la mesa. Y la noche devoró sus platos.
Aquel anfitrión jamás tentaría a quienes pudiesen comer y beber. Pero sí, por más peones de estrellas que fuesen, a cualquiera que, asemejándosele, imitara una cena entre conversaciones de pesares asimilados.

6 jun 2014

Cicatrices

Tenía hoyos donde cada objeto tocaba mi cuerpo. Eran marcas de un deslizamiento precoz, rufián y mezquino producidas tras varias ensoñaciones.
Seco, con voz muerta, caminaba bajo la lluvia devolviéndole ese torrente de sangre que fingía darme mediante los truenos. Y, bajo los húmedos pozos rebosantes de agua, cumplía la misión de aguardar cada hilamiento entre ovillos de pintura cayéndose a mí alrededor.
Moría y revivía, quería irme, quería fugarme donde nada hubiere, donde nada me cortase. Pero hasta en los desiertos me arrollaría su arena, su suelo, su viento. Entonces moría poco a poco, sin sangre, sin más que unos pequeños estímulos donados por mis cicatrices.
Mi cuerpo no podía verse sino detrás de cortes pronunciados; detrás de cobertizos de lunas, detrás de fundidos hierros salpicando. Pero podía correr, podía irme de los callejones sabiendo, sin embargo, que ya sería presa de más cortes por cada elemento adueñándose de su filosidad.
Desde luego, ya no camino más. Ya no me siento, ya no me agacho, ya no deseo ni quiero. Ya mis cicatrices me asfixian, y más de una vez debieron disfrazarme de hombre vivo; aunque yo, yo, me vistiera de sangre coagulada.